Sí...está pasando. Está pasando otra vez... . Mis ojos paran de parpadear un buen rato. Sin darme cuenta, las manos, sudorosas, se mueven nerviosas y vibrantes. Enciendo la luz, pues el Sol que aparecía en mi ventana no alumbra lo que debiera, al menos desde mi punto de vista. El cielo y las nubes se me antojan oscuros. A pesar de la recién sumada luz de la bombilla de mi habitación, mis ojos siguen transmitiéndome esa cortina negra opaca allá por donde miro. Empiezo a moverme de manera inquieta mientras me estiro el cuello de la camisa hasta el punto de hacerle una visible obertura; no puedo respirar. Las bocanadas de aire que tomo son inútiles, noto como mis pulmones se asfixian. De repente no veo nada. Entonces lo veo todo. Ya no veo folios cayéndose al suelo, veo placas gigantescas y pesadas desestructurando casi imperceptiblemente las baldosas que piso, causando un estruendo en mis oídos. No siento el aire, siento como diminutas moléculas de sustancias que desconocía acometen contra mi cuerpo hasta filtrarse en mi piel. Veo como esos monstruosos gérmenes me abren los poros y se cuelan en mi organismo. Escucho a todas las personas del mundo gritar a la vez. La molestia que supone oír a todo ser vivo respirar como si estuvieran a mi lado. Huelo todos los perfumes de toda la gente que vive en mi edificio. Capto como una mota de polvo genera una intensa explosión al caer sobre el sofá de mi vecino. El aletear de una mosca a tres kilómetros me está agrietando el cráneo; sin embargo, intento gritar pero es en vano. Siento que la sangre se apelotona recorriendo mis delicados vasos sanguíneos cada vez más rápido. Escucho el latido de mi corazón. Siento como se triplica de tamaño en menos de un segundo, para, seguidamente, volver a su estado natural. El mismo proceso se repite durante milésimas de segundo, cada vez más rápido. Lo escucho quejándose de hacer lo mismo todos estos años. Noto como mi cara se arruga cada vez más, a medida que pasan los segundos. El tic-tac del reloj de pared del salón me lo recuerda. Llevo haciéndome viejo desde que nací, y ahora lo veo todo. Soy capaz de percibir como el oxígeno, partícula a partícula, huye de mis pulmones, haciéndome el vacío. Noto una cascada de líquido rojo brotando de mis oídos. No escucho nada. La luz brilla al fin, abrazando mi cara e iluminando cada milímetro de mi piel, haciendo que mis ojos se emblanquezcan. No veo nada. De repente, mi cuerpo da una sacudida y caigo al suelo. No siento nada.

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