Ese momentos en el que el alma duele. El instante en que las cicatrices se abren a la vez y rompes a llorar. Ese momento que vives intensamente mientras miles de miradas observan desde la penumbra, en la distancia, cómo tu garganta se desgarra produciendo gemidos de desesperación. Ese mismo segundo en el que te encuentras cayendo infinitamente en el infierno donde yacen tus errores. Ese minuto después donde tus ideales cambian por completo. Esa ocasión en la que tu propia mente te incita a destruir tu mundo. Esas horas lentas que eres, por ser algo, una bestia. Ese momento en que tus pies evitan tocar el suelo, tu cuello se sujeta a una cuerda por vértigo, tus manos sueñan con objetos punzantes y tus ojos admiran la obertura de la ventana. La tensión de tus venas marcadas en tu sensible piel. El relajante baño de lágrimas. El estrés del ahora y el agobio del después. La duda de quién eres en realidad. El trance por el que pasas con el objetivo de generalizar tu odio. Ese instante que determina tu siguiente destino y tu siguiente víctima. Ese momento en el que las estrellas te susurran. Pero, ¿qué más da? El cielo está muy lejos, ¿no?


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